jueves, 7 de febrero de 2019

Hecho a mano



¿Soy la única que piensa que algunas pastillas de jabón natural parecen porciones de pastel de cafetería hípster? Véanse, por ejemplo, estas. Supongo que no, y que tampoco es casual. Hoy se abrazan las modas como si fuesen religiones, o filosofías de vida. Si con diez años el jersey que te hacía tu abuela te parecía lo peor, porque se notaba que estaba tejido en casa, ahora lo que se lleva es renegar del tigretón y hacer ojitos a todo lo que tenga ese aire de acabado imperfecto, porque se ve que es más ‘auténtico’. Y parece que con ello combina muy bien, por seguir con lo de las abuelas, el tirar de materias primas de toda la vida. Como el aceite de oliva

A mí me han convencido, y hasta sé ya por cuál voy a comenzar. El índigo. Me gusta el nombre, aunque sea azul apetece morderlo, está de oferta y dicen que es edición limitada. Lo tiene todo, vaya.

martes, 5 de febrero de 2019

Cosas que he aprendido en mis estancias en Youtube. Los tropecientos pasos (y la posibilidad de saltárselos)




Por lo que voy viendo, completar un maquillaje de alfombra roja o pasarela puede llevar varias horas. Pero también es cierto que la mayor parte de las mortales no nos enfrentamos cotidianamente a flashes, primeros planos y las despiadadas críticas de los expertos (y aficionados). Más bien queremos acercarnos al supermercado con un aspecto decente, que no asuste al/la emplead@; caminar por la calle con aire de haber dormido; y poder interaccionar con amigos, conocidos o nuevos humanos dando nuestra mejor cara. 

Así que, para ir simplificando, convengamos en que muchas de las fases de preparación de la piel para que cumpla el doble efecto de resplandecer y ser ocultada en el día a día se pueden saltar, de la base es posible prescindir si se usa bien el corrector, los polvos solo son necesarios cuando se quieren sellar capas o apagar brillos, y todo lo demás (máscara, lápiz de ojos, sombras, bronceador, color en los labios, colorete, etc., etc., etc.) son cosas optativas.

Entonces, ¿no nos ponemos nada? Las gurús dicen que depende. De si queremos tapar un grano o una mancha. De si tenemos más o menos ojeras. De si la tonalidad de nuestra piel es saludable o recuerda a la de algún personaje de mala vida. De lo que queramos ocultar y lo que queramos resaltar. Y de lo que nos apetezca.

En esto del maquillaje, según empiezo a entender, lo primero es corregir y lo segundo añadir. Prueba de ello: la tendencia que arrasó hace unos años, el efecto “no maquillada”, lleva mucho más tiempo que aplicar el conocido trinomio corrector-raya-barra de labios, como puede verse aquí; porque, al parecer, para tener buena pinta sin que parezca que estás maquillada tienes que pasar mucho tiempo maquillándote. Es decir, invertir un buen rato en la fase ‘corregir’ para que parezca que tú te levantas así, sin una marca, sin un granito, sin una mancha, sin ojeras, sin decoloración, sin flacidez, sin color amarillento. Quien tiene la suficiente pericia puede luego salir y pasearse por la vida en plan “mira qué buena pinta tengo”. Para las menos hábiles, o con menos tiempo, esta primera fase puede ser más breve si se parte de un buen lienzo (esas pieles envidiables que solo dan la genética y/o las buenas acciones en vidas pasadas) y se decide que una barra de labios que haga las veces de colorete y un aventón a las pestañas bastan para desviar la atención de una mancha. Lo que viene siendo una parisién de toda la vida, vaya.

Eso he aprendido. Pero sigo en ello.